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Las Cartas de amor de Enrique VIII a Ana Bolena

 

A comienzos de enero de 1528 el rey Enrique VIII de Inglaterra escribió una carta dirigida al castillo de Hever, en el Ducado de Kent. En ella el monarca expresaba su "intención inalterable" de casarse de nuevo prometiendo "rezar una vez al día" para lograr ese objetivo a cualquier precio. La destinataria de esta carta no era otra que Ana Bolena, dama de la reina Catalina perteneciente por rama materna a la familia Howard (una más influyentes de la nobleza inglesa) y de la que el Enrique se había encaprichado locamente. El máximo mérito de Ana hasta entonces no era ni su posición social ni haber recibido una esmerada educación en Francia y los Países Bajos sino su firme negativa a concederle favores sexuales al monarca. Eso para un hombre como Enrique suponía todo un reto y una obsesión casi enfermiza y dio origen a unos devaneos epistolares, quizá un tanto imprudentes, en los que vemos a un hombre insistente y concienzudo que, en contra de lo que muchos creen por el rudo aspecto de sus últimos años, albergó durante toda su vida intereses filosóficos e intelectuales elevados. Las cartas de amor de Enrique VIII a Ana Bolena recogen parte de esta correspondencia y son un regalo para los amantes de la historia y de la literatura. Y lo cierto es que es una suerte que editoriales como Confluencias Editorial apuesten por este tipo de publicaciones.

Biografías: Autorretrato de Mozart

 
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Inmaduro. Caprichoso. Orgulloso. Fiel. Idealista. Incorruptible. Presumido. A Mozart se le han adjudicado muchos adjetivos como músico aunque bastante menos como persona y éstos con los que empieza este artículo son algunos de ellos. Mozart gozó de un gran prestigio en su niñez, especialmente en su gran tourneé” por las cortes de media Europa, pero también sufrió el desafecto, el desamor, la desconfianza, la soledad y la ruina económica, y eso le marcó profundamente. El libro Autorretrato de Mozart” de P. A Balcells (El Acantilado, 2000) recorre, a través del análisis de su correspondencia pública y privada, la vida de uno de los músicos más importantes y relevantes de todos los tiempos. Se trata de una biografía inusualmente no cronológica que nos desvela aspectos muy concretos de su personalidad como la relación amor-odio con su padre, sus vínculos con la masonería, su visión del amor o su pasión por una música que, constantemente y sin pausa, fluia de su cabeza.

Escritores: Fyodor y Anna



Querida Anna:

Ya es otra vez de noche y al cerrar los ojos no puedo evitar que las sombras se ciernan sobre mi. Oigo sus disparos rozando mi cabello, rociando de pólvora un sudor que cada vez es más frío hasta convertirse en agua helada impregnando los surcos de mi frente. Recuerdo que aquellos días había escarcha para cenar. También recuerdo el olor de aquella noche siberiana y el dolor agudo en mis manos y en mis pies. Se que tú me entenderás como nadie si te digo que mis manos están entumecidas, me duele sólo pensar en moverlas. Confesaste que a ti también te había pasado lo mismo en alguna ocasión. Tú me comprenderás porque tú eres la que agitas como nadie los dedos, la prestidigitadora que pone música celestial a la máquina de crear novelas. El traqueteo de tus dedos, tus golpes contra el papel, me parecen sinfonías entre las paredes. Pero ahora, la música de los disparos, que también son secos y rítmicos,  se me antoja mucho menos celestial.

[una carta de amor (a) cualquiera aunque la chica se llame Ofelia



Querida Ofelia: Creo que ya ha llegado el momento de solucionar nuestros asuntos pendientes. Es cierto que durante todo este tiempo no he sido capaz de despejar mis dudas, tal y como tu, siempre sabia, pronosticaste una vez. Sin embargo, también es cierto que, a pesar de eso, a lo largo de estos meses he podido reflexionar sobre la conversación que tuvimos la madrugada en la que decidiste evaporarte. Sé que no tengo lo que que tú querías, que lo que he encontrado no es ni siquiera una respuesta. Pero he decidido plasmar en este papel algunas cosas que he descubierto y que me gustaría compartir contigo.

[Charles Darwin y su mal humor

Y no sólo porque en algunos retratos de su madurez podamos verlo con barba blanca y porte serio. Lejos de cualquier parecido razonable, parece ser que el autor de la Teoría de la Evolución solía gastarse un humor de perros considerable. Algunas cartas dirigidas a su amigo Charles Lyell recientemente publicadas por la American Philosophical Society prueban que además de ser un espíritu meticuloso y brillante, Charles Darwin también era un gruñón. La revista Mother Nature Network ha publicado algunos de los fragmentos de estas cartas escritas en 1861.