En medio de las luchas sociales, las guerras políticas y religiosas y la corrupción que caracterizan el convulso siglo XIX europeo, un personaje que bien podría ser el típico antagonista de cualquier novela emerge como héroe de esta historia que lleva la firma del compositor, músico y escritor sueco Carl-Johan Vallgren. Se trata de una gran cuento de amor de esos que retan los límites físicos y temporales, algo así como nueva versión de "la bella y la bestia" que es, además, un canto a la diferencia, a la tolerancia y a la magia.
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Reseñas: El maravilloso amor de Carl-Johan Vallgren
[mientras duermes
Imagen: El asesino Sonámbulo
Mientras todos duerman, tú te levantarás de la cama. Aunque todavía no lo sabes, lo haces todas las noches desde que te conozco. Te prometo que no contaré tu secreto a nadie porque, de momento, he decidido disfrutarlo por mi cuenta. Tengo que confesar que la primera vez me asusté un poco porque no contestabas a mi llamada, pero al día siguiente me di cuenta de que no te acordabas de nada. Una suerte para mi también. Aquella primera noche te esperé en la cama, pero la segunda no pude contemerme y te perseguí .
[escarabajos que visten linterna y bombín
Me encontré en un
desencuentro de lo más inapropiado. No recuerdo su nombre y no sé
cual era su apellido. Lo segundo no se me ocurrió preguntarlo. Ni
siquiera me dio por pensar que la chica estrábica formaba parte de
una progenie, que podía tener un padre o una madre. Solo recuerdo
que su pelo estaba lleno de luciérnagas. Intenté cazarlas una a
una, pero se hizo de día y les perdí la pista. Pensé que la
siguiente noche podría atraparlas a todas batiendo sobre ellas una
red transparente y que, adormecidas, antes de la llegada del Sol
serían todas para mi. Las metería en un bote de cristal y las guardaría para
contarles cuentos por las noches. ¿De qué se alimentan
las luciérnagas?, pensé.
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[¿metrópolis?
Llegaron las máquinas y
se lo comieron todo. Primero, el trabajo más duro, aquel que los
hombres más odiaban y que les ocupaba más tiempo y esfuerzo. La
idea al principio se consideró buena, porque siempre habría que
hacer más máquinas y más máquinas, y periódicamente aparecerían
nuevos trabajos. El hombre estaría ocupado inventando y construyendo
continuamente en un bucle, que, decían, no acabaría nunca, pues
siempre habría nuevas funciones que acatar y nuevos trabajos que
aprender. En aquel momento, en el principio de esta nueva era, el
hombre no veía que aquellos trabajos eran igualmente duros y
humillantes que los que había desechado. Estaba estaba cegado,
convencido ante un futuro ficticio y sin avales, olvidando que la
historia, especialmente la mala, siempre se repite. Pero aún así, a
pesar de las advertencias, el ser humano acabó por asumir su papel
como un peón más en un tablero abocado a la eterna evolución.
Al contrario de lo que
los astrólogos pronosticaban, las máquinas no eran malas desde el
principio. En origen eran buenas, pero sin saber muy bien cómo, se
adueñaron de los cerebros y los impulsos de la gente, de sus
pensamientos, hasta que al final acabaron convertidas en hombres más
semejantes a los hombres que los propios hombres. En algunas máquinas
confluían aquellos dones que los antiguos sabios habían dado al ser
humano y que éste había perdido con el paso de los siglos. Había
casos en los que eran máquinas incorruptas, prácticamente puras que
tomaban decisiones diligentes y que a veces desprendían pedazos de
afecto y bondad. Las máquinas nunca mentían. El ser humano, por el
contrario, había vaciado todos sus esfuerzos en su ego, alimentando
únicamente lo individual hasta convertirse en un ser mezquino y
ruín. Fueron muchos los que, durante años y previsores de lo que
podía ocurrir, analizaron cuál era el papel de los hombres en la
Tierra, y a pesar de sus esfuerzos y de la búsqueda de los aspectos
más positivos, no encontraron respuestas para justificar qué
sentido tenía un mundo gobernado por el peor de los depredadores,
aquél que es capaz de destruir a sus semejantes, a todo lo que le
rodea y lo que es peor, a sí mismo sin mirar atrás ni por un
segundo. En aquellos días, los más pudientes, unos pocos
visionarios con dinero, plantearon dedicar todos sus esfuerzos a
perfeccionar las máquinas hasta que éstas se convirtieron en seres
autónomos imprescindibles, inteligentes, programados para sustituir
al humano y delegarle en todas sus funciones. Llegaron las
especulaciones, las teorías conspiratorias. Pero nadie daba nada por
sentado. Nadie quería creer. Y aquellos hombres poderosos, aquellos
que controlaban el capital del mundo y que tenían un increíble
poder sobre el capital humano, negaban lo que estaba ocurriendo en
sus laboratorios. La serenidad aparente no hizo sino dar más margen
a la desgracia. Pero el problema real llegaría tiempo después,
cuando la Gran Eclosión obligó a repartir alimentos y las máquinas
se convirtieron en la prioridad. En un mundo con carencia de comida,
eran muchos los que preferían dar de comer a sus máquinas que a sus
semejantes y así los vecinos, los compañeros, los amigos y la
familia quedaron desplazados al segundo plano de las prioridades, que
siempre eran individuales. Todos querían a las máquinas y todos
desconfiaban de todos excepto de los autómatas que ellos mismos
habían creado. En el fondo de sus corazones, algunos hombres
albergaban esperanza, pero ésta era volátil, pues habían aprendido
a desconfiar en ellos mismos y en todos sus semejantes. Y así fue
como el hombre olvidó amar.
[dos reyes y dos laberintos
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de -Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo a1 rey de Babilonia que él en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras, que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso."
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea Aquel que no muere.
Jorge Luis Borges
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