La vida de James Joyce está llena de curiosidades. Los excesos y el desorden formaban parte de ella como una entidad propia desde el desayuno hasta el resopón pasando por la mañana, la tarde, la noche y el amanecer, y así sucesivamente día tras día. Es cierto que Joyce no llegaba a beberse las cinco o seis botellas de vino al día que se empapaba Francis Bacon y mucho menos la docena que asegura poder meterse entre pecho y espalda Gerard Depardieu pero aún así el de Dublín estaba prácticamente todo el día borracho. Por supuesto que no es el único genio que tenía en el alcohol a su mejor amante: las borrracheras de Hemingway fueron memorables, Touluse-Lautrec se bebía “su tamaño” en licor prácticamente todos los días y también fue el alcohol el telón de fondo de la (extraña) muerte de Edgar Allan Poe, quien justo antes de su boda fue encontrado en la puerta de un bar, desaliñado y hasta las orejas y poseído por un delirium tremens del que ya no saldría jamás. Según decían, acababa de volverse abstemio.
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[simbiosis en el Moulin Rouge
Mucho se ha hablado de la relación casi simbiótica que mantenían Henri de Touluse-Lautrec y el Moulin Rouge de París. El matrimonio entre local y artista era casi perfecto: cualquiera de sus mesas se convirtió en el mejor estudio de Lautrec, que hizo de él su bar preferido y un punto de inspiración clave en su obra; por otra parte, el local se benefició de la presencia este hombre de aspecto grotesco que era toda una celebridad y un innegable atractivo de la noche parisina. Los carteles del Moulin Rouge pintados por Lautrec concedieron a ambos, artistas y local, la inmortalidad.
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