Pocos personajes históricos han despertado tanto interés en mi como Puyi, el que fuera último emperador de China. Reconozco que gran parte de ese interés viene motivado por la película de Bertolucci “El último Emperador”, estrenada en 1987. A pesar de que yo era muy pequeña recuerdo haberme quedado fascinada con esa historia del emperador niño devenido al final de su vida en tranquilo y apacible jardinero. La música, la ambientación, los trajes, la propia historia...es un todo, una de esas pocas películas que no te cansas nunca de ver y a la que tras cada visionado sacas algo nuevo. Esta magia indescriptible tiene mucho que ver con la propia producción de la cinta, rodada casi íntegramente en la Ciudad Prohibida, en los escenarios reales donde el pequeño Puyi fue coronado y donde, hasta la edad adulta, permaneció recluido al margen de la revolución que más allá de las murallas cambiaba su imperio.
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Miscelánea/ historia: Las 168 páginas que cambiarían el mundo
Era un día excesivamente calurosa y el Conde bebía
sentado en un populoso asiento de cuero marrón. Se limpiaba la
frente con un pañuelo de seda mientras por su mente desfilaban
palabras como unión, federalismo, europeísmo, unión de estados,
democracia, justicia social, patriotismo. No podemos perder más
tiempo, pensaba.
Debemos unir nuestras fuerzas cuanto antes. Bebió
otra taza de té helado, una de sus bebidas favoritas por la
(supuesta) influencia de la mitad de sus cromosomas, japoneses. El
folio todavía estaba en blanco. Apuró la taza. Se limpió los
labios y miró al crucifijo que presidía su despacho.
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Richard Coudenhove-Kalergi
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