Y no sólo porque en algunos retratos de su madurez podamos verlo con barba blanca y porte serio. Lejos de cualquier parecido razonable, parece ser que el autor de la Teoría de la Evolución solía gastarse un humor de perros considerable. Algunas cartas dirigidas a su amigo Charles Lyell recientemente publicadas por la American Philosophical Society prueban que además de ser un espíritu meticuloso y brillante, Charles Darwin también era un gruñón. La revista Mother Nature Network ha publicado algunos de los fragmentos de estas cartas escritas en 1861.
